Revisión y Vida
O lo que dice Nora Ephron sobre escribir y reescribir
Anoche terminé de leer el nuevo libro de Nora Ephron. El último de estos pequeños volúmenes en los que Libros del Asteroide recopila varios de sus artículos. El tercero se titula “Gente a Cenar”, aunque el texto que más me ha gustado no tiene nada que ver con comer. Se trata de “Revisión y Vida” y cierra el libro. En este último artículo, Ephron habla de la revisión o edición de sus textos y la compara con su vida en sus diferentes etapas. No te voy a contar aquí de qué va literalmente para no estropearlo, pero sí que te quiero citar una frase en concreto:
“La ficción brinda la oportunidad de elaborar los acontecimientos de tu vida para crear la ilusión de que eres la inteligencia que la gobierna y al mismo tiempo te permite ingeniártelas para introducir todas las frases que se te ocurrieron a destiempo”.
Yo no escribo ficción. Al menos no la ficción propiamente dicha. Ya pasé por la etapa de crear personajes y es verdad que a veces una le echa un poco de literatura al relato para que quede bonito. Pero me pasa mucho eso de ser ingeniosa en diferido. A mí tampoco se me ocurren las buenas frases en el momento, siempre me vienen después, como si la comunicación con mi mente sufriera de retorno. Y si ya con quien hablo es una persona extranjera que obliga a mi cerebro a cambiar su idioma al inglés, más de un turista se ha debido de marchar con la idea de que no hay nadie al volante de mi cabeza.
La otra tarde, buscando la sombra por la calle como vamos todos estos días, acabé compartiendo un banco con una señora. Era escocesa y lo único que pude en ese momento intercambiar con ella no pasó de “yeah”, “you’re right” y “thank you”, aunque al llegar a casa era ya toda una políglota que había mantenido una interesante conversación con la señora en cuestión porque Escocia es un país que siempre he querido visitar. Pues ni así mi cerebro se dignó a cooperar.
También es habitual que mi cabeza se ponga a elaborar algún texto, que empiece a dar forma a alguna idea, sobre todo cuando hago cualquier cosa intrascendente, como fregar los cacharros. De repente llego a una frase que me gusta y cuando reacciono pensando que quiero apuntarla, me la repito para que no desaparezca, pero luego, cuando alcanzo lápiz y papel ha perdido el encanto de la primera vez. Aunque lo cierto es que son más las veces que pierdo el hilo por el camino.
En ese rarito que pasa entre que sales del sueño y te espabilas he escrito newsletters enteras de una genialidad que luego, ya lúcida, he sido incapaz de repetir. Alguna vez he pensando en grabarme recitando en voz alta todo ese proceso, pero hay algo en el hecho de saber que “me están grabando” que provoca que mi mente se cohiba y ya no funciona igual.
Tampoco sé si lo que me ocurre en ese extraño momento de vigilia es mi imaginación pasiva haciendo de las suyas. La imaginación pasiva es ese proceso mental que se da cuando nuestra percepción y nuestra memoria reproducen algo que hemos experimentado sin que nos suponga esfuerzo alguno. Surge cuando nos dedicamos a soñar despiertos o, en mi caso, cuando me pongo a fregar platos y mi mente divaga mientras tanto. El concepto apareció ya en la filosofía clásica, Kant y la psicología lo convirtieron después en imaginación reproductiva y Carl Jung hizo la distinción entre activa y pasiva, definiendo esta última como “flujo de fantasías e imágenes internas que el sujeto observa de forma meramente receptiva, sin interactuar ni dialogar con ellas”.
Resulta que es un tipo de imaginación muy útil porque es como ese proyector automático que se pone en marcha para repasar lo vivido y consolidar la memoria. También ayuda a la regulación emocional o a simular escenarios basándose en lo aprendido para así saber cómo reaccionar en el futuro y mejorar. También se dice que es la vía de comunicación de nuestro mundo interno. Es decir, la puerta por la que los sueños, las fantasías e incluso los lapsus visuales sacan a la superficie esos miedos, deseos y conflictos que la mente consciente aún no sabe cómo verbalizar. Supongo que por eso pierdo el hilo de mi tren de pensamientos, porque no tengo palabras en ese momento.
Ephron dice que a sus 20 no revisaba nada. Empezaba un texto, lo terminaba y lo entregaba porque eso era lo que tenía que hacer, una tarea con un final y no se planteaba si lo que había hecho se podría hacer de otra manera. Aunque luego se quedaba pensando en lo que había dicho. A los 30, lo que le quitada el sueño era lo que había hecho. Y a los 40 se pasó a la escritura de guiones, a esa ilusión que te permite la ficción de estar al mando de los acontecimientos de tu vida y ponerlos bonitos.
Yo, como no escribo guiones, supongo que me he quedado dándole vueltas al dicho y hecho y echándole literatura después a esta newsletter cuando vengo a contarlo, con mucha menos destreza y genialidad con la que originalmente se me ocurrió. Aunque hay otro paso en el que coincidimos y es en el de escribir y reescribir. Nos esforzamos por encontrar el comienzo perfecto. En enlazarlo después con aquello que queremos contar. En aprovechar el impulso para seguir párrafo tras párrafo, cambiándolos luego de lugar para mejorar la narrativa o su ritmo. Leyendo lo escrito en voz alta una y otra vez. Poniendo atención a las faltas y errores y en su coherencia. Y luego no encuentras su final, uno que esté a la altura de la gran introducción que tanto te ha costado pulir.
Mi problema es doble porque también suelo dejar el título para el final, arriesgándome siempre a no dar con esa frase que encapsule de forma perfecta el contenido sin revelarlo y despertando a la vez la curiosidad suficiente para que apetezca leerlo. Si no apetece, todo lo que has escrito no servirá para nada, aunque te parezca tu mejor trabajo.
“Cuando se alcanza la mediana edad, el mayor deseo es que las cosas no terminen; y mientras uno siga revisando no terminan nunca”
Con la edad, dice Ephron, el mayor deseo es que las cosas no terminen, no dejar de revisar nunca. Supongo que entonces no tengo que encontrar un final, ¿no? También porque podría estar eternamente hablando de escribir y de lo que me cuesta, sobre todo con este calor…
Feliz semana
No vivas la vida en borrador :) que nuestro paso por aquí sí que tiene final.




El cierre de esta newsletter, ¡menudo gran recordatorio has dejado en una línea! 😊