El año de lo analógico
De tendencia salvadora a nueva pesadilla de Internet
El año de lo analógico. Me encantaba la idea cuando mi algoritmo empezó a sugerírmela el pasado diciembre. Era hora de volver a los discos y dvds, las revistas, los libros y las libretas, las cámaras de fotos... Una respuesta natural porque hoy en día no poseemos nada en físico, todo está en la nube y en plataformas que cada vez suben más los precios. También porque nos pasamos las horas mirando una pantalla y estamos ya más que saturados. Dame algo real que pueda tocar para desconectar y olvidarme del teléfono y sus constantes notificaciones. Todo apuntaba a que se trataba de una tendencia positiva. ¿Qué podría salir mal? Pues la ejecución, que ha fallado estrepitosamente. Aunque la idea ya venía mal etiquetada desde el principio, marcada como “tendencia”.
Ilusa de mi pensé que incluso podríamos estar ante el punto de inflexión que necesitábamos para romper con todo esto de la “mierdificación de Internet”, la “fatiga de las redes sociales”, los influencers que ya no influencian, los vendehumos que hace tiempo que no convencen a nadie y los creadores de contenido que se copian unos a otros persiguiendo aún la viralidad.
Teníamos una oportunidad para empezar a trazar de nuevo esa sana frontera entre la vida online y la vida offline. Yo la echo de menos, pero aún tengo herramientas que me ayuden a delimitar espacios. Los más jóvenes ni siquiera la han conocido. Para “zetas” y “alfas” –sobre todo para estos últimos– todo pasa por Internet, la vida está ahí, ¿qué vamos a hacer fuera? Nada. Por eso el retorno a lo analógico se ha quedado en una tendencia más de Internet. Paradójico, ¿no? Mi algoritmo está lleno de “Cómo construir una vida fuera de tu teléfono”, “Qué hacer para seguir la tendencia de lo analógico”, “Cómo hacer journaling” (ahora que están de moda el lápiz y el papel) y “40 hobbies para una vida offline - contra el doomscrolling - o contra el brainrot”.
Porque claro, ahora las tendencias en Internet se viven rápido e intensamente. Detrás de ti quedará después el rastro de bonitos cadáveres de todos aquellos materiales que te compraste para bordar y nunca usaste. Todos ellos recogidos, eso sí, en tu preciosa “hobbie basket”. No olvidemos que la vida que hagas fuera de Internet también tiene que ser “aesthetic” para poder volver y enseñarlo. Tus Hobonichi y Louis Carmen si vas a hacer journaling en cualquiera de sus formas; 5 libritos diferentes para colorear con tu set de 300 rotuladores Ohuhu; tu reading journal con sus 80 packs de banderitas de colores para marcar todo lo que leas con su código correspondiente para que quede mono luego…
Este rollo performativo me parece agotador. Y, por supuesto, no soy la única que se siente así. En sólo tres meses, el aura salvadora de “lo analógico” se ha convertido en un boom tan masivo que, ante la corriente “mainstream”, surge, como no, la “contracultura” que asegura que todo esto de correr a comprarte un tocadiscos, una cámara de fotos de carrete o un “teléfono tonto” es puro consumismo. Ahí están los titulares recogiendo datos: “Se triplican las ventas de ‘dumb phones’”, “La generación Z impulsa la venta de vinilos un 18%” o “Para Fujifilm España la facturación de cámaras digitales, cámaras instantáneas, impresión fotográfica y carretes supera los 40 millones de euros”.
A mi generación, cuando nos llegaron las redes sociales, abriéndonos un mundo de posibilidades, nos las llevamos sobre todo al ámbito laboral (éramos workaholics) porque nos permitían trabajar de una forma nueva, donde online era sinónimo de cómodo, mientras seguíamos con nuestra vida offline, esa con la que crecimos y que nos mantuvo siempre con un pie en tierra. Sin embargo, para las generaciones posteriores, nativos digitales, las redes sociales fueron su adolescencia y ahí se les reconfiguró todo, haciéndoles más difícil abandonar Internet y hacer vida fuera porque su tierra es muy débil o incluso inexistente. Por eso creo que cuando encuentran algo que les da ese soporte real, como en este caso lo analógico, y que además les hace sentir parte de algo, se lanzan a por ello de cabeza. El problema es que su forma de compartirlo con los demás pasa por volver a ese escenario virtual que es, en muchos casos, el único que conocen. Buscan los límites tangibles de un mundo digital porque no saben cómo habitar el real, pero necesitan, como cualquiera, sentir que su vida está en cierta manera bajo control.
Es una pena que todo lo conviertan en una tendencia de consumo rápido. Parece que no se les permite explorar, dedicar tiempo a saber qué les gusta y qué no, qué quieren y qué no… y desarrollar con ello una identidad propia porque están más preocupados por saltar de una tendencia a otra para ser aceptados en el grupo de los “cool”. Hace 10 años, el Bullet Journal también era una moda. Todo estaba lleno de tutoriales que te enseñaban a hacerlo, grupos de Facebook que compartían cómo lo hacían ellos y entonces tú salías, te comprabas materiales, lo intentabas y, si te convencía, sentías que te cambiaba la vida; si no, seguías adelante y no pasaba nada. A mi me convenció y, una década después, es parte de mi rutina aunque haya ido evolucionando con el tiempo.
El Bullet Journal es este sistema de organización creado por Rider Carroll que te invita a “rastrear el pasado, organizar el presente y planear el futuro”. Todo con sólo una libreta y un bolígrafo. No necesitas un cuaderno especial, tampoco un bolígrafo concreto, 20 subrayadores o una colección de sellos y pegatinas. Sólo necesitas seguir una estructura básica que va desde un espacio en el que apuntar citas y eventos de los próximos meses, las citas, eventos y tareas del mes en curso y el registro de lo que vas haciendo en tu día a día. Es una agenda personalizada con la ventaja de que no tiene fechas impresas, así que, si un día no la usas, no pierdes ese espacio.
Yo escribía un diario desde niña y siempre había usado agendas para el colegio y la universidad. Además, soy la tonta de las libretas, así que, cuando descubrí este método en 2016, me pareció perfecto para mi. Más aún porque me pilló en plena época emprendedora y necesitaba llevar el control de muchas cosas. Así que lo probé y me encantó. Poco después llegó el boom y se convirtió en un cuaderno tan artístico que mucha gente rechazaba probarlo porque no tenía tiempo para armar todo eso cada mes ni se consideraba taaaan creativa como para que les quedase algo tan perfectamente bonito.
Aquello actuó de filtro, pero también fuimos muchos los que descubrimos que detrás de toda esa fachada “aesthetic” había un sistema realmente útil. Aunque llegar hasta aquí ha supuesto un proceso que quizás hoy estas tendencias de consumo rápido no nos permitirían experimentar. En mis primeros años de Bullet Journal, tuve épocas en las que quería llevar registro de todo y probar a hacer muchas de las cosas que veía en Internet: registrar mis gastos, tener un calendario de contenido, una estantería para anotar mis lecturas… Esa experimentación me permitió saber que había cosas que, por mucho que me gustarán en los demás, a mi no me servían. Y estaba bien desecharlas porque eso hacía que el sistema fuese cada más un poquito más mío, más personal.
Aquí es donde creo que está el quid de la cuestión hoy en día. ¿Qué pasa si te sumas a la tendencia de lo analógico con toda tu ilusión y luego descubres que no es para ti? ¿Cómo lidias con la frustración de que no te guste algo que a los demás les encanta y está en todas partes? ¿Finges que te ha cambiado la vida bordar porque es lo que hay que hacer para sentirte parte de algo? Hasta que aparezca otra cosa… y mientras tanto dejas que te coma por dentro la insatisfacción, la falsedad, que se fragüe la crisis de identidad… A la vista de lo que vemos en redes, parece que muchos de los más jóvenes van así por la vida. La performance devorándose a sí misma.
Con lo bonito que sería que descubrieran el encanto que hay de verdad detrás de escuchar un disco entero, siguiendo el orden de sus canciones para entender sus dobles significados. O la aventura que supone participar en una quedada fotográfica. La presión que te quita de encima leer lo que te apetece en cada momento sin que lo dicte TikTok o confesar que ese superventas que todo el mundo pone por las nubes, a ti no te gusta y no pasa nada. Sería aún bonito que toda esta tendencia analógica nos sacara de este mundo hiperproductivo y rentable y nos abriera los ojos a una forma de vida más slow y en consonancia con nosotros mismos como personas y no como avatares virtuales que viven permanentemente conectados a una vida en la nube.
Si quieres seguir dándole vueltas al tema:
El año pasado hablé ya sobre “Identidad o Performance” porque veo con tanta fascinación como preocupación el mundo en el que crecen los más jóvenes y cómo se relacionan y expresan su identidad o, directamente, no lo hacen.
Leonie Dams tiene este video acertadamente titulado “Me encantan los hobbies, odio la tendencia analógica” (en inglés)
Little Truths Studio tiene el Proyecto de Vida Analógica que me encanta. Es una forma de recuperar esa atención perdida pero, sobre todo, de dedicársela a las cosas que realmente te importan en la vida, más allá de las brillantes pantallas. Y comparte su progreso en Substack.
Online Mami reflexiona sobre que “El internet que amamos ya no existe”
PD.: No tengo nada en contra de bordar. Yo no sé coser en general porque, como zurda que soy, es difícil para un diestro enseñarme y a mi se me olvida lo aprendido de una vez para otra.
PD. 2: Tampoco digo que dentro de las generaciones más jóvenes toooodos sean así o tengan estos problemas. Aquí reflejo mis impresiones que vienen ya en parte relativamente dirigidas por lo que mi algoritmo cree que me podría gustar. Sinceramente, sólo quería celebrar mis 10 años de Bullet Journal enlazándolo con esta tendencia a lo analógico que me gusta, pero que ya Internet se ha encargado de regurgitar. Y al final pues ha salido esto… Así que otro día, si te apetece, profundizaré en mi bullet y sus aprendizajes.


